Y... se mueren de nuevo las hojas.
El organillero pasa enfrente nuestro y tú no te inmutas.
Parece que el cansancio atenuara tus marcas de expresión. Te ves más joven. Más angelical. Yo mientras miro los árboles mustios, y a la gente retirarse del lugar. El cielo de repente anuncia que va a llover y, resulta que estamos lejos de nuestros respectivos hogares.
¿Qué se supone que deba hacer? Me dejan contigo, pero no quiero despertarte. Si parece que el mundo se te hubiera detenido. ¿Qué se supone que debo hacer? Si te siento tan cerca, tan al lado mío. En una misma banca, del mismo parque, los mismos motivos. Y el corazón delatándome a punta de nervios. Menos mal que duermes. Y duermes. Ese acto tan cotidiano y personal, que me confías sin ser yo apenas alguien. Duermes mientras la noche cae, y como si lo hubiese pedido te recuestas apoyándote en mi. Y, ¿qué se supone que debo hacer? Si siento que tengo tu vida en mis brazos. Si el calor que desprendes significa más para mi que cualquier cosa, por magnánima que ésta sea.
Sé que cuando despiertes, despertaré yo contigo y mi sueño ahí se acaba. Ese sueño que se me repite como pesadilla cada otoño-invierno. Y que limpio con palabras cada vez más estrechas. En un escrito como este, por ejemplo. Espero, llegue el día, en que la única palabra para decir se me desintegre en una sonrisa y nada más. Porque no merece en el tiempo más que eso. Lo que fuiste desde el día en que te conocí, un mero y sencillo acto de sonreír. Y es que... siempre fue tu mejor obra.

0 reacciones:
Publicar un comentario